jueves, 29 de octubre de 2015

Marte 1







Rudecindo: “¿Zabe, don Aparicio? Con esto del agua en Marte, ya la NASA debe 
estar pirginiando un emprendimiento económico de alta rentabilidá”.
Aparicio Tramontina: “¿Cuál emprendimiento?
Rudecindo: “Soderías Bradbury”

Aparicio: “Usté me confunde, Rudecindo. No si es un genio incomprendido o una anomalía de la pampa”.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Mariposas

Mariposas.

La muchacha tenía un aspecto angelical. Vestida con un impermeable gris, pisaba con sus relucientes botas la reseca gramilla pampeana.
Rudecindo la miró, embelesado. Un incipiente reguero de lascivia se asomó de sus labios: -"Mirelá, don Aparicio, le revolotean mariposas amarillas en el pelo. Pareze Jeidi".

La muchacha no paraba de sonreír: -"Qué simpáticos...¿son nativos de este paraje?"

Aparicio y Rudecindo se miraron con extrañeza: -"Somos el fruto genuino de la pampa libertaria que reziste a la burguezía terrateniente, a los pules de ziembra, al capital conzentrado y al gorgojo del ombú..."

-"Que amenaza dejarnos sin zombra"; completó el Rudecindo.
La muchacha volvió a sonreír: -"Qué simpáticos..."- dijo antes de explicar los motivos de la visita. -"Soy promotora de semillas modificadas de soja. Aquí tengo la última palabra en tecnología, la Roundup Ready. Tenga, las primeras se las regalamos..."

-"Me pareze que Jeidi nos está engatuzando, don Aparicio"; murmuró Rudecindo mientras se sacaba con delicadeza una mariposa amarilla del hombro.

Tramontina se calzó la guitarra:

Disculpemé que rechaze
su oferta con desencanto,
estoy curao de espanto
de quien yermo deja el suelo
y fumiga desde el cielo,
pa' enriquezer a Monsanto.

La muchacha se despidió con un sonrisa: -"Qué simpáticos"; dijo antes de subirse a la camioneta de vidrios oscuros.

-"Difizil que la rubia convenza a algún paisano, don Aparicio"; se jactó Rudecindo.

La lealtad era una de las cualidades más destacadas de Rudecindo; la clarividencia no tanto.

lunes, 4 de agosto de 2014

El hedor que cayó del cielo.

El hedor que cayó del cielo.




Merodeaba en círculos sobre el rancho de Tramontina. La silueta oscura apenas se distinguía de los nubarrones que anunciaban la tormenta. El payador pensó que era un carancho y le restó importancia al asunto. Pero la tremenda explosión lo despabiló. El disparo, seguido por una estela de humo, convirtió a la cina cina en una bola de fuego. Tramontina y el Rudecindo se escabulleron en los matas de paja brava. -“Mandinga acecha en el cielo, ¡caracho!”; comentó mientras se ponía a resguardo.

El Rudecindo dio la voz de alerta: -“Pior, don Aparicio. ¡E’ un dron!”.

-“Un don del Maligno querrá dezir…”

-“¡Un dron!”, aulló desesperado. “V.A.N.T., vehículo aéreo no tripulado. ¿Entiende ahora?”. Pero no pudo completar la explicación. Un oportuno empujón de Tramontina evitó que el segundo bombazo lo transformara en un puñado de ceniza telúrica.

El altavoz de la máquina voladora emitió la amenaza:

-“La Sociedad Rural ordena que abandonen la tierra. Desde hoy, este predio pertenece a Expo-Agro. Son usurpadores de propiedad privada”.



-“¡Acá no se rinde naides y, menos, ante una cacatúa de hojalata!”; desafió Tramontina”.

Con su guitarra rubricó el acto de guerra:



No me asusta el ultimátum

Que nos mandan estos drones

Yo conozco a sus patrones,

Angurrientos y fulleros,

De los piones son negreros,

De la tierra son ladrones.



-“¡Bravo! ¡Azí se habla don Aparicio!”; se entusiasmó el Rudecindo revoleando el chambergo por el aire.

-“¡Agachezé, marmota!”; le gritó Tramontina antes de que el tercer misil lo redujera a abono de la gramilla pampeana.



Tramontina asumió actitud de combate y ordenó a su peón: -“Vaya, compañero, traigamé la GAP 7/5”.

Rudecindo lo miró perplejo y mudo.

-“La Gomera de Alta Prezizión. Rápido, está colgada al lado del retrato de la Ulogia.

El diligente amigo volvió arrastrándose entre el pajonal. Traía el encargo colgado del cuello. Tramontina se enterneció al tocar la delicada horqueta de tala; era tersa como la piel de su amada ausente. Las cuerdas de goma estaban intactas, a pesar de los años transcurridos desde que se la obsequiaron en un arsenal clandestino del MIR chileno. Rudecindo lo sacó del trance melancólico alcanzándole la piedra. “¡Vamos! ¡Apunte que ahí viene ese murziélago dezalmao!”.

El hondazo describió una curva ascendente e impactó en un ala del bicharraco. El dron perdió altura emitiendo un ronroneo entrecortado. Los saltos de algarabía del Rudecindo espantaron a las vizcachas de los alrededores. -“¡Quedezé quieto, canejo, que entuavía güela!”; lo reprendió Tramontina. Luego, rodilla en tierra, lanzó el segundo hondazo. Esta vez abrió el vientre del artefacto. Una cascada de chisporroteos y pedazos de carcasa acompañaron su vuelo errático. Luego cayó en picada, como un pato barcino fulminado por la perdigonada.

Rudecindo dio el parte de guerra:

Con prezizión vietnamita,

Y una gomera mirista,

Zin radar que nos azista,

Pero con pulso indomable,

Tumbamos al indeseable,

Adefezio imperialista.

Corrieron hacia el lugar del siniestro guiándose por la humareda y por el hedor repugnante que emanaba del pajonal. Al acercarse, encontraron una pieza de fuselaje en la que estaba estampada la palabra Arkham. El resto de la nave despedazada estaba incrustada en un gran túmulo de bosta vacuna. El hallazgo hizo sonreír al Rudecindo. -“No ze ría, paisano. Es el retorno a los orígenes”; lo aleccionó Tramontina.

Emprendieron el regreso con la sensación aliviadora del deber cumplido. Sin embargo, apenas dieron los primeros pasos, los paralizó una voz metálica que provenía de la chatarra embostada. “Próxima misión: Gaza”; repetía antes de que la implacable bota del Rudecindo la hundiera en la inmundicia.

miércoles, 16 de julio de 2014

Festejos.

El tipo tenía un pañuelo con cuatro nudos en la cabeza y soplaba un cornetín estridente. “¡Deutschland, Deutschland!”; gritaba envuelto en la bandera alemana.

Poseído por la furia, Rudecindo lo encaró con el rebenque en la mano. Por suerte, Tramontina lo sofrenó a tiempo.
-“Voy a callar a eze pastenaca, don Aparicio”.
-“Dejeló fanfarronear. No ve que es Max Weber”.
-“¿y quién es eze crestiano?
-“El Marx de la burguesía”.
Rudecindo, cual sudestada de odio, estalló al oír esas palabras. Tramontina lo tuvo que derribar con mucho esfuerzo, antes de que resolviera el pleito a rebencazos.
-“¡No sea chambón! Nos va a querellar la Azociazión Internacional de Soziología. Escuchémoslo, a ver que dize”.

Como un desaforado, Weber empezó a cantar agitando la camiseta del Borussia Dortmund:

Desde la ciencia proclamo,
A mi Alemania triunfante,
Impuso un juego brillante,
Sobre la raza latina,
Ha vencido a la Argentina
Con ética protestante.


Rudecindo lo corrió con el facón envuelto en el poncho. Pero, ya era tarde.  Weber se había perdido en medio de la multitud. Mascullando resentimiento y con lágrimas de impotencia, alcanzó a gritarle: -“¡Aprenda de Bourdieu, teutón enzoberbezido!”. Tramontina lo consoló con dos palmadas en la espalda: “Dejeló que grite, Rudecindo. En nuestro fobal, Sabella y nozotros tenemos otra escuela: la Escuela de Frankfurt”.

viernes, 20 de junio de 2014


Una diatriba de Cósimo Rossobianco, cuñado no reconocido del Dante.

El payaso ruin.

El payaso ruin no tiene un morrón en la nariz ni zapatones como barcazas. No precisa trapecio ni monociclo, se caería como un oso bufo, es torpe, macizo e indolente; sermonea y miente a sabiendas embutido en su traje a cuadros, cocoliche de kermesse, Lou Costello avinagrado. El payaso ruin  saborea el veneno frente a las cámaras con su inconfundible mirada de culebra. El payaso ruin abdicó de sus creencias de anteayer, sin traumas; en su circo nadie le pide explicaciones. Tiene una daga afilada en la lengua, un micrófono emponzoñado y una claque que festeja sus ocurrencias: ¡regio, qué genio!, cuchichean en las primeras butacas. El payaso ruin profetiza tempestades, no precisa evidencias, le basta con abusar de zánganos y ortibas; bromea, difama, juega con nafta y motosierra. El payaso ruin tiene boca de sentina, insulta, desaforado, bajo un cono de luz trasegada por el humo, como en las oficinas de los detectives corrompidos.

(Fragmento de Il clown malvagio de Cósimo Rossobianco, cuñado no reconocido del Dante).


lunes, 2 de junio de 2014

El Rayo de Austin.



No sospechaban lo que habia detrás de la hilera de casuarinas. El camp parecía la obra de un paisajista francés, el cesped era un impecable manto de terciopelo, los arbustos y las flores habían sido plantados con minuciosa simetría. El embeleco se disolvió cuando, a todo galope, el jinete pasó a poca distancia de los árboles. Parecía flotar sobre el majestuoso pura sangre que iba y venia sobre la pista marcada por banderines amarillos. A lo lejos, un cartel con letras filigranadas identificaba la propiedad: "Haras Las Margaritas".
-"¡Hijunagransiete!, gritó el Rudecindo golpeándose la frente con a palma de la mano..

-"¿Qué le pasa, Rudecindo? ¿Lo ha picao un tábano?".

-"No, don Aparicio. Mire el cartel. Es el establecimiento de Escribano y Polsinguer, eze gringo dueño de los fondos caranchos".

-"¡Qué claze de fondos son ezos?"

-“Especulazión de la pior calaña. El gringo compró por un puñado de patacones toda las pulperías quebradas y ahora le demanda al gobierno los gastos de chupi y juerga de Sarmiento y de la Riestra. Eza sanguijuela pretende poner en caución la Aduana. Ya embargó la casa del sanjuanino con higuera y todo”.

Tramontina tomó su guitarra:


No me eztraña de Sarmiento,
Ezos rumores zabía,
Si hasta en la escuela leía,
estampado en el pupitre,
Que a la sobrina de Mitre,
Se la llevaba de orgía.

-“Eza rima es de alto voltaje, Don Aparicio”.

Tramontina, indiferente al comentario del peón, se agachó para cruzar el alambrado:

-“Vamos, Rudecindo. Dentremos a este reino de la abundanzia ajena.

Mientras caminaba, la mirada de Rudecindo no se despegaba del jinete. De pronto, lanzó un alarido desde las entrañas:

-“¡Cosa ‘e Mandinga! ¡Es el Rayo de Austin! ¡Es el Rayo de Austin!”

- “¡Sofréneze, de una vez! ¡Eze tábano lo ha enajenao!"

El peón no podía contener la catarata de palabras.

-“¡Milagro en la pampa!”, gritaba como si hubiera visto a Mahoma montado en un camello. “¿No se da cuenta, don Aparicio? ¡Es el Rayo de Austin, el jockey más veloz del mundo! Ganó las carreras más importantes de Gringolandia: el Derby de Cincinnati, sobre una pista nevada, más refalosa que cueva de anguila. Triunfó en las 24 horas de Daytona, con el pingo finao a dos metros de cruzada la meta”.

Tramontina no aguantó y se fue de boca: -“¡Pero quién carajo es este crestiano!”

-“¡Cómo que no lo conoce!”; le reprochó el peón.“¡Es Malcolm Chazo, el jinete del viento!”

El jockey dio un respiro al pingo y se acercó a los intrusos. Era menudo, tenía botas largas y oscuras y una casaca plateada. Como un peregrino, Rudecindo se arrodilló frente al pura sangre. Tramontina, furioso, lo levantó del pañuelo que rodeaba su cuello: ¡Deje de hazer pavadas, Rudecindo. Usté no es felpudo de naides!”

Malcolm Chazo tenía la mirada marchita: -“No todo lo que brilla es oro”, suspiró. Descolgó el banjo que tenía cruzado en la espalda y liberó sus cuitas.

Tuve una infancia muy triste,
Tengo en el alma un aujero,
mi madre en gesto severo,
Quizás pa’ darme escarmiento,
Luego de mi nacimiento,
Huyó con el enfermero.

Tramontina lo ayudó a bajar del caballo. El Rayo de Austin era leve como una hoja de trébol.

-“¿Qué le anda pasando Malcon?”.

-“Tienen secuestrada a Janis, mi prometida. Debo pagarles el botín con todas las carreras que gane hasta el fin de mi vida. Singer y Escribano son insaciables”.

Sin que mediaran palabras, Tramontina y Rudecindo corrieron hacia la parte posterior del enorme granero. La madera crujió a la tercera patada. Ingresaron arrastrándose por un pequeño hueco. Rudecindo se precipitó sobre las largas bolsas de yute que yacían en el suelo. Como un alma poseída, empezó a descocerlas a navajazo limpio. -“Mire, don Aparicio, estas ratas yoran mizeria y tienen toneladas de soja enzilada”.

Tramontina perdió la paciencia al ver al peón hundido hasta la cintura en un mar de porotos: -“¡Deje ezo y busquemos a la china!”, gritó.

El granero era un laberinto lleno de obstáculos. Caminaron entre las bolsas de trigo retenido; treparon por los armarios que guardaban las boletas de la subfacturación; esquivaron las cajoneras con los certificados fraguados de triangulación, tropezaron con los catres hediondos de los peones indocumentados, se abrieron paso entre los cilindros de plaguicida para las fumigaciones aéreas… Agotados, se sentaron un momento para cambiar el aire.

-“Chist… acá arriba”; los sorprendió un hilo de voz.

La mujer rubia, de cabello ensortijado, estaba atada en un cobertizo elevado, rodeada de fardos de heno. Era Janis. Tramontina la desató y la ayudó a bajar al suelo. -“Vamos, china. Malcolm la está esperando”. La joven pidió que la dejaran sola un instante. El payador y su peón corrieron a darle la buena nueva al jockey. Lo encontraron cepillando al pura sangre.

-“¡Vamos, alégrese Rayo! ¡La hemos encontrado!”.

Pero la sonrisa de Malcolm Chazo se desvaneció rápidamente. La muchacha escapaba raudamente cruzando el trigal. Vio la rubia cabellera meciéndose al compás del bamboleo de las espigas. Fue la última imagen que tuvo de ella. Las brumas del atardecer cobijaban a Janis Joplin.


jueves, 24 de abril de 2014

Una triste noche sin luna


Don Aparicio, Don Aparicio!”

La voz achacosa sobresaltó a Tramontina. El caminante avanzaba a tientas en la noche sin luna. El payador lo recibió en la puerta del rancho. El viejo respiraba fatigado; tenía la ropa enmohecida y las botas cubiertas de fango.
-“¿Qué hace caminando en la penumbra, coronel?”
-“Estoy buscando a un amigo. He preguntado a todo el mundo en el pueblo y nadie lo ha visto ¡Cómo si se lo hubiera tragado la tierra! Empecé a caminar por la llanura sin fin y me extravié. Cuando vi la ciénaga, pensé que estaba cerca de su aldea natal; pero fue en vano. Ayúdeme, Aparicio”.
-“Se ha equivocao, mi amigo. Lo que vio no es la ciénaga. Son los cangrejales de la desembocadura del Salado. Venga, pase”.
La ginebra retempló el ánimo del coronel.
-“Hágame un favor, Aparicio. Lléveme a la estafeta más cercana. Estoy esperando una correspondencia muy importante”.
Tramontina volvió a desvanecerle las ilusiones:
-“No tenemos estafeta. Hace muchos años, el taimado de Juárez Célman la clausuró alegando que daba pérdidas y que el Estado era mal administrador”.
-“Los conservadores son desalmados en todas partes”; se resignó el coronel.
La mirada de Tramontina se ensombreció, también sus palabras:
-“Ademaj, la pampa no tiene quién le escriba”.
El coronel se fue con los primeros resplandores del alba. Antes de perderse en el
horizonte, Tramontina lo vio revolear el bastón espantando a los teros que merodeaban
a su alrededor. Dudó si no había sido cruel por no revelarle la amarga noticia: que el Gabo se había ido para siempre de este mundo de patriarcas infames y de hojarasca.