viernes, 20 de junio de 2014


Una diatriba de Cósimo Rossobianco, cuñado no reconocido del Dante.

El payaso ruin.

El payaso ruin no tiene un morrón en la nariz ni zapatones como barcazas. No precisa trapecio ni monociclo, se caería como un oso bufo, es torpe, macizo e indolente; sermonea y miente a sabiendas embutido en su traje a cuadros, cocoliche de kermesse, Lou Costello avinagrado. El payaso ruin  saborea el veneno frente a las cámaras con su inconfundible mirada de culebra. El payaso ruin abdicó de sus creencias de anteayer, sin traumas; en su circo nadie le pide explicaciones. Tiene una daga afilada en la lengua, un micrófono emponzoñado y una claque que festeja sus ocurrencias: ¡regio, qué genio!, cuchichean en las primeras butacas. El payaso ruin profetiza tempestades, no precisa evidencias, le basta con abusar de zánganos y ortibas; bromea, difama, juega con nafta y motosierra. El payaso ruin tiene boca de sentina, insulta, desaforado, bajo un cono de luz trasegada por el humo, como en las oficinas de los detectives corrompidos.

(Fragmento de Il clown malvagio de Cósimo Rossobianco, cuñado no reconocido del Dante).


lunes, 2 de junio de 2014

El Rayo de Austin.



No sospechaban lo que habia detrás de la hilera de casuarinas. El camp parecía la obra de un paisajista francés, el cesped era un impecable manto de terciopelo, los arbustos y las flores habían sido plantados con minuciosa simetría. El embeleco se disolvió cuando, a todo galope, el jinete pasó a poca distancia de los árboles. Parecía flotar sobre el majestuoso pura sangre que iba y venia sobre la pista marcada por banderines amarillos. A lo lejos, un cartel con letras filigranadas identificaba la propiedad: "Haras Las Margaritas".
-"¡Hijunagransiete!, gritó el Rudecindo golpeándose la frente con a palma de la mano..

-"¿Qué le pasa, Rudecindo? ¿Lo ha picao un tábano?".

-"No, don Aparicio. Mire el cartel. Es el establecimiento de Escribano y Polsinguer, eze gringo dueño de los fondos caranchos".

-"¡Qué claze de fondos son ezos?"

-“Especulazión de la pior calaña. El gringo compró por un puñado de patacones toda las pulperías quebradas y ahora le demanda al gobierno los gastos de chupi y juerga de Sarmiento y de la Riestra. Eza sanguijuela pretende poner en caución la Aduana. Ya embargó la casa del sanjuanino con higuera y todo”.

Tramontina tomó su guitarra:


No me eztraña de Sarmiento,
Ezos rumores zabía,
Si hasta en la escuela leía,
estampado en el pupitre,
Que a la sobrina de Mitre,
Se la llevaba de orgía.

-“Eza rima es de alto voltaje, Don Aparicio”.

Tramontina, indiferente al comentario del peón, se agachó para cruzar el alambrado:

-“Vamos, Rudecindo. Dentremos a este reino de la abundanzia ajena.

Mientras caminaba, la mirada de Rudecindo no se despegaba del jinete. De pronto, lanzó un alarido desde las entrañas:

-“¡Cosa ‘e Mandinga! ¡Es el Rayo de Austin! ¡Es el Rayo de Austin!”

- “¡Sofréneze, de una vez! ¡Eze tábano lo ha enajenao!"

El peón no podía contener la catarata de palabras.

-“¡Milagro en la pampa!”, gritaba como si hubiera visto a Mahoma montado en un camello. “¿No se da cuenta, don Aparicio? ¡Es el Rayo de Austin, el jockey más veloz del mundo! Ganó las carreras más importantes de Gringolandia: el Derby de Cincinnati, sobre una pista nevada, más refalosa que cueva de anguila. Triunfó en las 24 horas de Daytona, con el pingo finao a dos metros de cruzada la meta”.

Tramontina no aguantó y se fue de boca: -“¡Pero quién carajo es este crestiano!”

-“¡Cómo que no lo conoce!”; le reprochó el peón.“¡Es Malcolm Chazo, el jinete del viento!”

El jockey dio un respiro al pingo y se acercó a los intrusos. Era menudo, tenía botas largas y oscuras y una casaca plateada. Como un peregrino, Rudecindo se arrodilló frente al pura sangre. Tramontina, furioso, lo levantó del pañuelo que rodeaba su cuello: ¡Deje de hazer pavadas, Rudecindo. Usté no es felpudo de naides!”

Malcolm Chazo tenía la mirada marchita: -“No todo lo que brilla es oro”, suspiró. Descolgó el banjo que tenía cruzado en la espalda y liberó sus cuitas.

Tuve una infancia muy triste,
Tengo en el alma un aujero,
mi madre en gesto severo,
Quizás pa’ darme escarmiento,
Luego de mi nacimiento,
Huyó con el enfermero.

Tramontina lo ayudó a bajar del caballo. El Rayo de Austin era leve como una hoja de trébol.

-“¿Qué le anda pasando Malcon?”.

-“Tienen secuestrada a Janis, mi prometida. Debo pagarles el botín con todas las carreras que gane hasta el fin de mi vida. Singer y Escribano son insaciables”.

Sin que mediaran palabras, Tramontina y Rudecindo corrieron hacia la parte posterior del enorme granero. La madera crujió a la tercera patada. Ingresaron arrastrándose por un pequeño hueco. Rudecindo se precipitó sobre las largas bolsas de yute que yacían en el suelo. Como un alma poseída, empezó a descocerlas a navajazo limpio. -“Mire, don Aparicio, estas ratas yoran mizeria y tienen toneladas de soja enzilada”.

Tramontina perdió la paciencia al ver al peón hundido hasta la cintura en un mar de porotos: -“¡Deje ezo y busquemos a la china!”, gritó.

El granero era un laberinto lleno de obstáculos. Caminaron entre las bolsas de trigo retenido; treparon por los armarios que guardaban las boletas de la subfacturación; esquivaron las cajoneras con los certificados fraguados de triangulación, tropezaron con los catres hediondos de los peones indocumentados, se abrieron paso entre los cilindros de plaguicida para las fumigaciones aéreas… Agotados, se sentaron un momento para cambiar el aire.

-“Chist… acá arriba”; los sorprendió un hilo de voz.

La mujer rubia, de cabello ensortijado, estaba atada en un cobertizo elevado, rodeada de fardos de heno. Era Janis. Tramontina la desató y la ayudó a bajar al suelo. -“Vamos, china. Malcolm la está esperando”. La joven pidió que la dejaran sola un instante. El payador y su peón corrieron a darle la buena nueva al jockey. Lo encontraron cepillando al pura sangre.

-“¡Vamos, alégrese Rayo! ¡La hemos encontrado!”.

Pero la sonrisa de Malcolm Chazo se desvaneció rápidamente. La muchacha escapaba raudamente cruzando el trigal. Vio la rubia cabellera meciéndose al compás del bamboleo de las espigas. Fue la última imagen que tuvo de ella. Las brumas del atardecer cobijaban a Janis Joplin.


jueves, 24 de abril de 2014

Una triste noche sin luna


Don Aparicio, Don Aparicio!”

La voz achacosa sobresaltó a Tramontina. El caminante avanzaba a tientas en la noche sin luna. El payador lo recibió en la puerta del rancho. El viejo respiraba fatigado; tenía la ropa enmohecida y las botas cubiertas de fango.
-“¿Qué hace caminando en la penumbra, coronel?”
-“Estoy buscando a un amigo. He preguntado a todo el mundo en el pueblo y nadie lo ha visto ¡Cómo si se lo hubiera tragado la tierra! Empecé a caminar por la llanura sin fin y me extravié. Cuando vi la ciénaga, pensé que estaba cerca de su aldea natal; pero fue en vano. Ayúdeme, Aparicio”.
-“Se ha equivocao, mi amigo. Lo que vio no es la ciénaga. Son los cangrejales de la desembocadura del Salado. Venga, pase”.
La ginebra retempló el ánimo del coronel.
-“Hágame un favor, Aparicio. Lléveme a la estafeta más cercana. Estoy esperando una correspondencia muy importante”.
Tramontina volvió a desvanecerle las ilusiones:
-“No tenemos estafeta. Hace muchos años, el taimado de Juárez Célman la clausuró alegando que daba pérdidas y que el Estado era mal administrador”.
-“Los conservadores son desalmados en todas partes”; se resignó el coronel.
La mirada de Tramontina se ensombreció, también sus palabras:
-“Ademaj, la pampa no tiene quién le escriba”.
El coronel se fue con los primeros resplandores del alba. Antes de perderse en el
horizonte, Tramontina lo vio revolear el bastón espantando a los teros que merodeaban
a su alrededor. Dudó si no había sido cruel por no revelarle la amarga noticia: que el Gabo se había ido para siempre de este mundo de patriarcas infames y de hojarasca.

martes, 11 de febrero de 2014

El día que Tramontina no pudo payar por un fuerte dolor en la cintura que le fue curado por un asombroso doctor chino.



Los dolores de cintura atormentaban a Tramontina desde hacía varias semanas. Desenfundar el facón se había vuelto un suplicio. Rudecindo, amigo y peón, lo convenció de consultar al doctor Chin Kien Son, experto en medicina natural. Chin se había refugiado en los hontanares de la pampa desde que huyó de su país, perseguido por las tropas del malvado general Chiang Kai Shrek, a quien apodaban el ogro. El doctor Chin era un humanista comprometido con su tiempo; en épocas difíciles y lejanas participó, junto a Sun Yat sen, del Movimiento 11 de Marzo, que luchaba contra la corrupta dinastía manchú. Sun y Chin fueron precursores del Marzismo en China. La historia, con sus ráfagas impredecibles, le impuso un derrotero de trashumancia. Viejo y un poco estropeado, vivía en un monte de caldenes en Cuchillo-Có, aldea donde Mandinga lamentaba haber perdido su poncho más vistoso.

Tramontina padeció la travesía como un martirio. Espinillos y abrojos le flagelaron el cuerpo, las conversaciones del Rudecindo los oídos. Cerca de su meta, pasaron frente a las ruinas de la pulpería “La Aguada”, antigua posta de trueque con la indiada. La verborragia del Rudecindo no tenía sosiego. - “¿Zabe, don Aparicio? Aquí se tirotearon los zélebres bandidos Butch Cassidy y Sundance Kid”.
-“Me imagino, la polezía los perzeguía sin piedá”; contestó Tramontina.
-“No, don Aparicio. Se tirotearon con el pulpero, el Ataliva Coto, remarcador serial de los prezios de la yerba y de la gayeta e’ campo, es decir, de aquí”.
-“¡Hijunagransiete! ¡La paisanada dibió boicotear ese boliche!”
-“Ademá, naides tendría que comprarle las mercanzías a eza alimaña”; acotó el peón.

Tramontina perdió la paciencia: -“¡Basta, Rudecindo! ¡Sofrene esa verba redundante y desbocada!”
El peón cabalgó en silencio el resto del viaje. De vez en cuando, deslizaba furtivamente su mirada hacia el bajo vientre, preocupado por vaya a saber qué aflicción.
La cercanía del bosque de caldenes animó a los viajeros. El follaje de aquel intrincado laberinto atemperaba el azote de la resolana. El rancho del doctor Chin Kien Son estaba en la zona más impenetrable del monte. Rudecindo, que recuperó el habla, golpeó en la puerta:
-“Dotor Chin. Traigo  un paziente pa’ que lo cure con sus yerbas mágicas”.

El médico salió a recibirlos. Se bajó el barbijo y los invitó a pasar. El olor a alcanfor inundaba la modesta vivienda. Los estantes estaban atiborrados de frascos con hierbas, polvos y otras sustancias desconocidas. Aparicio contempló el laúd chino colgado de la pared.
-“Es mi liu chin; ha sobrevivido a todos los viajes”; comentó el doctor.  
La música, otra de las pasiones del anciano, le había permitido ganarse la vida en los años de acelgas flacas (el doctor era vegetariano). Solía presentarse en las pulperías del oeste con un repertorio de valses y milongas, acompañado por el veterano bandoneonista Atilio Borra. Pero las cosas no marcharon bien y el dúo Borra-Chin se disolvió después de una discutida partida de truco, a la sombra del tanque de agua de la Estación de Salliqueló.

Chin Kien Son ofrendó a Tramontina una copla en la que la filosofía tradicional se reconciliaba con el racionalismo. Era parte de la terapéutica.

La medicina natural,
Requiere sapiencia fina,
Achicoria y trementina,
Reconfortan al instante,
Mas si el daño es importante,
Inyecto penicilina.

La modestia del Doctor Chin velaba las proezas de su vida. A mediados de los años treinta se había sumado a La Larga Marcha del Ejército Rojo chino. Recorrió miles de kilómetros hasta llegar a Shaanxi, en el norte, y reunirse con las tropas de Mao. Organizó los hospitales de campaña y los dispensarios para las transfusiones de sangre. En las treguas que ofrecía la guerra revolucionaria, arengaba a las milicias con coplas voluntaristas, acompañado por un coro de más de treinta voces, al que el doctor llamó Los 33 Orientales. Una de aquellas coplas enseñaba:

La Revolución ha de ser,
Estrategia bien pensada,
A la nobleza saciada,
Hay que expropiarle la tierra,
Y organizar una guerra,
Popular y prolongada.

Tramontina, doblado por el dolor, se desmoronó en el catre de curación. Mientras le frotaba la espalda con aceites de romero y lavanda, Chin lo ilustraba sobre el sacrificio del médico de campaña:

La Larga Marcha, paisano,
Trajo un suplicio por milla,
Pero en mi tienda sencilla,
Sané hombres y caballos,
A Mao curé los callos,
Y a Chu En Lai la culebrilla.


Tramontina estaba profundamente dormido cuando Chin le aplicó la cataplasma de ajo en la cintura. Despertó, aliviado, un día después. Rudecindo lo esperaba fuera del rancho con el zaino preparado. Se despidieron del doctor con un largo abrazo. Nunca
más volvieron a verlo. En las pulperías, los paisanos pasados de caña decían que Mandinga lo andaba buscando en aquel laberinto de caldenes y que, tarde o temprano,lo encontraría.
-“No se preocupe, Rudecindo. El dotor lo va a estar esperando, sereno, confiado en su
arzenal botánico”.
Rudencindo redobló la apuesta:

-“Y con el poncho del Maligno puesto”.


viernes, 24 de enero de 2014

La carabela.




Aunque era un inexperto en la materia, Aparicio fue de pesca al Arroyo Zapata. El calor agobiante de la mañana era propicio para atrapar palometas. Conocía la ferocidad de dichas criaturas; en varias oportunidades le mordieron los nudillos de las manos mientras lavaba sus medias en el triste caudal. Había compuesto una copla, por pedido del sindicato de pescadores de la laguna de Pila, para advertir a los incautos. Con el fin de acentuar el espíritu didáctico, la denominó: “Paisano, tenga mano con la serrasalmus marginatus, sobre todo en los días calurosos y sin viento”. Pero como la extensión del título superaba a la del poema, la redujo a “Vade retro serrasalmus”. Así la cantó esa mañana:




Peligrosas son las bichas,

Yendo en cardumen o solas,

Arremolinan las olas,

En sus feroces bravatas

Te garronean las patas,

O pior, te muerden las bo...



-´¡Heeey, heey! ¡A ti te hablo, indiano!”; lo interrumpió un grito desaforado.

Tramontina no podía creer lo que veía. La enorme carabela se desplazaba cautelosamente por el traicionero arroyo. Las largas travesías le habían abierto algunas grietas en el casco de tablones de roble. Sin embargo, los tres mástiles se mantenían imperturbables. Las velas latinas reposaban lánguidamente, apenas rozadas por la débil brisa. El amenazante castillo de popa contaba con cuatro culebrinas dispuestas en posición de combate. La inscripción HERALDO DE CRISTO atravesaba con orgullo la superficie de la eslora. Otras, más pequeñas y borrosas, apenas se asomaban de la línea de flotación. Habían sido rasgadas por espíritus resentidos: El Rey Fernando es tragasables, ¡Devuelvan Granada, chorros!, Arriba el Athletic, Lávame, sucio y otras por el estilo. La chusma de los puertos era incorregible.

El capitán, enfundado en su armadura, gesticulaba desesperadamente en la proa para atraer la atención de Tramontina. Sus gritos llegaron a la orilla:

El capitán:

Suelo los mares surcar,

Vengo de solar hispano,

El noble suelo cristiano,

Sólo proezas enciende,

A ver si pronto lo entiende,

¡Solís es mi nombre, paisano!



El Piloto Mayor de Castilla perdió la paciencia ante la indiferencia del pescador: -“¡Oiga, nativo insolente! ¿Dónde coño está el Mar Dulce?”.

Tramontina desenganchó la palometa del anzuelo y la introdujo cuidadosamente en el balde; no quería perder un dedo en la maniobra. Vio la ira fermentando en los ojos de Solís, tomó la guitarra y dijo:

Con solo verlo imagino,

Ha de ser opa el paisano,

Tan abrigao en verano,

Su zerebro tiene frito,

No conoze este distrito,

Dentró usté a contramano.



El cañonazo hizo un fiordo en la orilla del Zapata. El cataclismo dejó a Tramontina colgado de un barranco de reciente formación. Su corazón se embriagó de odio anti hispánico. Motivos no le faltaban. La tremenda explosión había volcado el balde y la palometa capturada se había sumergido en el arroyo. Tramontina intuyó una mueca de burla en la mirada de la bicha antes de desaparecer en las aguas. Pero el temblor del segundo cañonazo lo hizo caer al agua. Solís ordenó a sus secuaces atraparlo: “¡Cogedle de una vez!”; gritó a la tripulación.

Inquieto por las consecuencias de la orden, Tramontina chapoteó en el lodazal y ganó la otra orilla escurriéndose entre los cardales.

“¡A estribor, imbéciles!”; aulló Solís con la intención de capturar al fugitivo. La maniobra fue insensata, fatal. El navío se inclinó peligrosamente, los mástiles se tambalearon y las maderas crujieron. Había encallado.

En tierra firme, Tramontina fue socorrido por una partida de indios charrúas y guaraníes que venían observando sigilosamente el recorrido de la embarcación. Pronto manifestaron sus intenciones:

Un banquete delicioso,

Daremos a este cruzado,

Con ajo recién picado,

Sal, perejil y tomillo,

En un caldero sencillo,

Solís será cocinado.



Desde lejos, Tramontina vio el humo elevándose sobre el campamento. Despedía una agradable fragancia a tomillo.

domingo, 12 de enero de 2014

Alma encarnada

Eventos extraordinarios interrumpían los pequeños menesteres de Tramontina. Un hecho memorable le ocurrió cerca del Samborombón, mientras cortaba cañas para armar un almácigo. Tenía decidido plantar tomillo y una variedad de perejil gigante, muy aromático, que recibió de un indio errante llamado Kerouac o algo parecido. En plena tarea, lo paralizó una voz oculta en el pajonal.


-“Dibiera pidir pirmiso pa esa tala clandestina”; lo reprendió.

Al darse vuelta, el payador quedó fulminado por la sorpresa. Debió manotear las ramas de un espinillo para no caerse desmayado. Frente a él, los ojos rojos del tero lo miraban con gesto imperativo.



-“¡Mandinga!”; gritó Tramontina buscando el facón en la cintura. Lo soltó al instante, las espinas le taladran la palma de la mano.

El plumífero alardeó mostrando las púas anaranjadas asomándole, amenazantes, debajo de las alas.

-“Lo he agarrao infraganti, con las manos en la masa, digo… en las cañas”.



Tramontina reculó pidiendo disculpas -“No quize ofender, terenzio”.

Inesperadamente, la voz del tero se tornió cordial:

-“Está disculpao, paisano. Veo que lo suyo es agricultura familiar. ¿Zabe lo que paza? Estoy en alerta permanente. Los sojeros avanzan sin piedá. Ya no nos queda un mísero palmo e’ tierra p’ armar el nido, ¡caracho!”.



El asombroso encuentro hacía tartamudear a Tramontina: -“Di…gamé, te…renzio, ¿quien le dio el don del habla?”.



El tero agachó la mirada. “Zoy un alma encarnada, paisano. No tengo zoziego. Recorro épocas y cuerpos, como polen arrastrado por los vientos. Vengo de una tierra lejana asolada por zares, cosacos y otros parásitos...”

La emoción hacía galopar el corazón de Tramontina: - “No me diga que usté estuvo…”.

-“Sí, mi amigo… en aquel Octubre glorioso”; susurró el tero enfundando las púas anaranjadas.

Tramontina corrió a abrazarlo: -“¡Vladimir! ¡Diez días que conmovieron al mundo!”

-“No se entuziasme, camarada. Mi conzienzia está condenada a vagar en un tranze infinito. Juí pescador en el Ganges, minero en California, sodero en Tapalqué… Y míreme ahora, un tero del Samborombón”.



El Aparicio le sacó chispas a la guitarra:



Vamos por reforma agraria,

Koljoz y cooperativa,

Con renovada inventiva,

Dentro del Zoviet, paisano,

Toda la pampa y el grano,

Será granja coletiva.



El tero Vladimir:



Atraer al campezino,

Será mizión conflitiva,

Con atitud persuasiva,

Y por un tiempo acotado,

Daremos chanze al mercado,

La N.E.P. es alternativa.



Tramontina masculló la respuesta. Algo de aquel consejo no terminaba de convencerlo. Buscó la copla adecuada para expresarlo.



No comprendo eze camino,

Me pareze equivocado,

Si damos chanze al mercado,

Renace el capitalismo,

Se lo alvierto ya mismo:

Bujarin es moderado.



Vladimir morigeró la irritación y contestó con acento didáctico:



Es enzeñanza zenzata,

dudar del ultraizquierdismo,

Su pretenzión de purismo,

Siempre zectaria y pueril,

Es enfermedá infantil,

Que padeze el comunismo.



Aparicio sintió el filo de la estocada; no pudo enhebrar una respuesta. Caminó hacia el rio; se detuvo al ver su rostro apesadumbrado desdibujarse en el remanso de las aguas. Pero los graznidos de la bandada lo sacaron de sus cavilaciones. Sobrevolaban en círculo, a gran altura, sobre la orilla del río. Parecían esperar a un compañero de viaje. Tramontina no se sorprendió cuando Vladimir abrió sus alas y se sumó a la bandada. Se fueron remontando el Samborombón como una patrulla perdida. La voz de Vladimir se escuchaba, tranquilizadora, a la distancia:

-“No se me venga abajo, paisano. No hay que arrimarle juerzas al enemigo”.

El vuelo de las aves se difuminaba en el horizonte. Como un punto insignificante y borroso, un integrante de la bandada se separó del resto. Volaba hacia el océano.

viernes, 15 de marzo de 2013

Galeria de celebridades (Una kermesse historiográfica)



Tantos años de clandestinidad habían averiado el ánimo de Tramontina. Hacía días que el Rudecindo lo veía serio y reconcentrado. -“Vamos, don Aparicio, usté nezezita distraerse. Acompáñeme a un viaje de plazer”.

Tramontina asintió sin entusiasmo. Cabalgaron todo el día entre los cardos y resecos pastizales de la pampa. A la mañana siguiente vieron la espesa humareda rodeando al poblado que se recortaba sobre el horizonte.
-“Eso pareze un inzendio”; se alarmó Tramontina.
-“Nada de ezo, paisano. Es una auténtica fiesta del crioyismo”.
-“¿Una doma de reservaos?”.
-“No. Es la Fiesta Nacional del Chancho Asado con Pelo.
Estamos llegando a San Andrés de Giles”.

Envuelta por la humareda, una interminable hilera de asadores en cruz ofrecían los manjares del edén criollo. Los aromas pusieron en trance a Tramontina.
-“Esto va a ser una bacanal”; se engolosinó.
-“Más bien una porzinal”; lo corrigió el Rudecindo con la réplica ágil en los labios.

La fantástica comilona tenía sus sorpresas. En medio del círculo de  delicias asadas, se habían improvisado salas y barracones para la cultura y la recreación. Una circunspecta asociación de eruditos de San Antonio de Areco tenía a su cargo una kermesse del conocimiento histórico. La entidad patrocinadora era la Confederación Honoraria de Organizaciones y Círculos Historiográficos de Areco, la C.H.O.C.H.A. En la entrada, acariciando a “Joaquín”, el campeón Hereford adquirido la temporada anterior, Claudio Escribano lamentaba los nuevos aires que se habían apoderado de la asociación. Tenía razones para su amargura. Su abuela, una de las fundadoras de la Confederación, la había concebido como baluarte de las tradiciones conservadoras y patricias de la republica. La entidad ya no era la C.H.O.C.H.A. de su abuela.

Al ingresar a los pasillos que serpenteaban entre las salas, el Rudecindo era pura exaltación: -“Venga, don Aparicio, este es un templo del saber histórico”. Se detuvieron frente a una estrecha habitación en la que varios investigadores, apretujados junto a una mesa ratona, analizaban pequeños recortes, papeles microscópicos, sellos postales y otras gangas diminutas. Aparicio ilustró a su compañero: -“¿Ve paisano? Este es el rincón de la microhistoria. Eze que anda a los codazos, es el Carlo Ginbur”.

Carlo Ginzburg (munido de una mandolina de la Liguria):

Aunque la escala es pequeña,
La microhistoria, paisanos,
Es oficio de artesanos,
De talentos especiales,
Legaron obras geniales,
Como “El queso y los gusanos”.

El Rudecindo había tomado la delantera y gritaba radiante: -“¡Venga acá, don Aparicio, mire este espectáculo!”.
Enfundados en sacos de arpillera, Don Tulio, la Hilda y el Luis Alberto protagonizaban una carrera de embolsados. Abandonaban raudamente el punto de partida, nominado por la inscripción “Populismo endémico” y enfilaban afanosamente hacia la meta, señalada por el cartel “Tradición Republicana”.
Don Tulio estaba fatigado. Aparicio se compadeció del esfuerzo:
-"¿Vale la pena zemejante sacrifizio, Maestro?; le dijo.
-"Es una larga agonía..."; le contestó con un suspiro.
- “La República necesita verdaderos ciudadanos, no gauchos iletrados como usted, Tramontina”; lo desafió la Hilda saltando animosamente en una bolsa de “Papera Balcarce”.

-“Entuavía no ha nazido el crestiano que embolse mis pazos”; se ofuscó Tramontina. Rudecindo, con buen tino, lo apartó del lugar. Abandonaron la pista al finalizar la carrera. En un mostrador, el sonriente Luis Alberto festejaba con un vaso de “Terma” el tercer puesto obtenido.

-“¡Mire, don Aparicio, hay un pabellón internacional!”; volvió a gritar el Rudecindo.
En la habitación, François Furet, Stephan Courtois y Ernst Nolte festejaban exultantes el fin de las utopías igualitarias. Lo hacían lanzando dardos sobre un blanco con el rostro de Eric Hobsbawm. Ante cada acierto cantaban a coro bajo una lluvia de confetis plateados.

L’Ensemble Macartien:

Hoy festejemos colegas,
Es hora de triunfalismo,
Celebra el liberalismo,
La victoria del mercado,
Anunciando extasiado,
La defunción del marxismo.

Con celeridad convenientemente disimulada, el Rudecindo desvió la marcha del payador, que había desenfundado y encaraba hacia la troupe ensoberbecida  con fieras intenciones. En el envión, se desviaron del itinerario principal topándose con una habitación en ruinas; estaba apenas iluminada por una luz mortecina y recluía a un pequeño grupo de historiadores segregados. -“¿Quiénes son estos pobres diablos?”; preguntó el Rudecindo. Tramontina comentó sombrío: -“Aquí amontonan a quienes nunca zitaron en sus obras a Benjamin, Agamben y Koselleck”. El espectáculo era verdaderamente triste. Cada tanto, los reclusos debían asomar sus cabezas por estrechos ventanucos y recibir una andanada de bollos de mazamorra endurecida y chipás del día anterior.“No llore, Rudecindo. Le prometo que vendremos a rescatarlos”; lo consoló el payador.
Todavía digerían el amargo trago cuando se acercaron a la sala de Historia de las Izquierdas. “Un territorio en disputa”, señalaba un cartel colocado a última hora sobre la puerta. En su interior, Tarcus y Pablo Pozzi debatían acaloradamente, delante de dos  interminables filas de libros, papers y revistas de su autoría. Los textos estaban erguidos unos junto a otros, en inestable equilibrio, formando un intrincado y erudito dominó. En la instancia culminante de la controversia, los polemistas empujaban, simultáneamente, el primer ejemplar de cada hilera, desencadenando un sincopado derrumbe en cadena que, con precisión japonesa, formaba barrocos motivos florales sobre el piso de tierra apisonada.
-“Fíjezé, Rudecindo, están disputando quién tiene la hilera de libros más extensa”.
-“En efeto, quién la tiene más larga”.
-“Hay otras maneras de zintetizar las contradiziones”; comentó Tramontina con un dejo de resignación en la mirada.

Una insufrible ráfaga de moho advirtió a los caminantes la cercanía del salón de la Academia Nacional de la Historia. Una joven promesa exponía su tesis “Sobre la función y cantidad de porotos en las partidas de truco en las pulperías de Dolores durante el periodo tardo-rosista”. -“Sospecho que esta ha de zer una contribuzión a la historia cuantitativa”; señaló Tramontina. “Yo diría a la historia germinativa”; acotó su compañero.
-“Partamos, Rudecindo, antes de que los académicos de número escuchen sus insolencias. ¡Apurezé que ya están abriendo los sarcófagos!”

Unos metros adelante esperaba la sala reservada a los debates interdisciplinarios. En la puerta, Beatriz Sarlo agitaba una servilleta tratando de atraer a los caminantes. Los conferencistas, Marcos Novaro y Tomás Abraham, repartían a una esmirriada concurrencia su revista El Ojo Chocho. El vehemente filósofo debió interrumpir su implacable intervención cuando la humareda de los asadores invadió completamente la sala. –“¡Que la tentación populista no nuble nuestra mirada!”; gritaba con lágimas en los ojos desde un lugar incierto del recinto. -“¡La concentración del poder en las democracias populistas es mucho mayor que en las dictaduras!”; vociferó Novaro, antes de que un ataque de tos lo hundiera en la ignominia. Cuando los impertinentes vahos de bondiola y pechito con manta comenzaron a disiparse, el dúo resistente recuperó la palabra.

Los Iracundos:

El populismo es gangrena,
Mácula retardataria,
Reina en la masa gregaria,
Trayendo enorme desgracia,
Convierte a la democracia,
En trampa totalitaria.

Tramontina empujó a su amigo hacia afuera: -“Vamos, Rudecindo. Este Abraham ha perdido a su grey”.
Fuera de la kermesse, la tierra prometida chisporroteaba con el maravilloso crepitar de los asadores. Allí los esperaba Waldo Ansaldi, con quien habían pactado una delicada profanación de los costillares. Sin embargo, otro evento carnavalesco distrajo a los caminantes. Sobre una tarima, ataviado como un miembro del Primer Triunvirato, un cristiano acercaba a su boca una tea empapada en alcohol, escupiendo bocanadas de fuego que rozaban peligrosamente las guirnaldas patrias. “¿Quién es eza criatura piroténica?; preguntó el Rudecindo.
-“Es Pigna, está promocionando el volumen vigésimo quinto de ‘Los Mitos de la Historia Argentina’”.
Sorpresivamente, mientras Tramontina encaraba hacia los portentosos manjares, un fuerte empellón lo hizo trastabillar. Era el Rudecindo que, con el rostro desencajado, le gritaba: -“¡Corra, corra, don Aparicio!”.
-“¡Qué le pasa, caracho! ¡Le ha visto la cara a Mandinga!”.
-“¡Pior! Ese organillero que viene ahí es Pacho O’Donnell. ¡Corra! El monito ha empezado a repartir el libro sobre la entrevista secreta entre Dorrego y el Che”.
Como un escupitajo de la Cruz del Sur, la desaforada cabalgata sumergió a los jinetes en la inmensa noche pampeana.

APARICIO TRAMONTINA, UN FACÓN HECHO CANTO.