martes, 3 de noviembre de 2015

Octubre


Aparicio: -"Se lo ve incómodo, Rudecindo. ¿Qué le anda pasando?"
Rudecindo: -"No zé como dizirle... La paisanada recuerda el 17 de octubre con alegría y emozón. Aunque nozotros no somos del palo, se merezen un mensaje, un saludo rispetuoso..."
Aparicio: "Y déale, nomaj".

Rudecindo:

Caminaron muchas cuadras,
atravesaron el puente,
como un río conzecuente,
en la plaza reclamaron,
y los garcas se alarmaron,
por las patas en la fuente.


-"¿Y usté como lo ve, don Aparicio?"

Sentado en un cráneo de vaca, Tramontina demoró la respuesta haciendo garabatos en el polvo con una ramita de retama. Mas no se quedó mudo:

No jué sencilla la cosa,
ni era fácil de entender,
los milicos en el poder,
no despertaban confianza,
aunque Braden, sin tardanza,
a los piones me hizo escoger.

No es mi corazón setario
Tiendo puentes pal encuentro,
en los hechos me conzentro,
pa' rispetar al movimiento,
solamente no consiento,
tener la derecha adentro.

Rudencindo cambió el semblante y empezó a cebar el mate: -"Quizás los vientos de la historia despejen ezos dilemas".
-"¿Qué vientos, Rudecindo?"

-"Los que vienen del sur".



viernes, 30 de octubre de 2015

La voz de los eucaliptus


No habían calculado bien la distancia. El crepúsculo los había sorprendido en Bartolomé Bavio y aun no encontraban el rancho del Alicio Hoya.Tramontina estaba contrariado. Más inquieto lo puso la arboleda que tenían por delante. -"Hasta aquí llegamos, Rudecindo. Debemos volver".

Rudecindo: -"¿Por qué? Eze montezito de ucalitos pareze güeno pa' descanzar".

Tramontina: "Ningún descanso, caracho. Eze lugar está pozeído".

Rudecindo: "¿Por qué dize eso?"

Tramontina le susurró el secreto: "En las noches de otubre, cuando la niebla se esparze entre los árboles, gime la guitarra del Cantor Traicionao. La pampa enmudece. Las ranas se cayan, los inzetos dejan de zumbar, las luciérnagas se opacan en el ato".

"¿Quién es?"; gritó Rudecindo con los ojos como el dos de oro.

Tramontina: "El ezpetro de un hombre que le cantaba a los labradores, a las montañas y al salitre ¿No lo oye? Está payando con la muerte que le jugó suzio".

Rudecindo se escurrió como una perdiz en el pajonal.

Tramontina: "¡Venga para acá, Rudecindo. No se meta! Ese contrapunto no es para usté".

Pero Rudecindo ya había llegado a la primera hilera de eucaliptus. Escuchó los acordes de una zamba o una plegaria.Se levantó lentamente y vio la silueta del cantor casi cubierta por la niebla. 
Se desmoronó con el corazón trepado a la garganta. Victor Jara tocaba la guitarra sin las manos.







jueves, 29 de octubre de 2015

Marte 2





Rudecindo: “Oiga, don Aparicio. Con la ezplotazión que los gringos harán en Marte, no cree que la teoría de la plusvalía de Marz debiera ser reformulada”.

Aparicio Tramontina: “No zea hereje, paisano. En el planeta rojo no hay proletarios, sino baterias inzinificantes que no sirven ni pa’ zer ezplotadas”.

Tramontina:

La plusvalía, paisano,
Ezprime al explotao.
Tal como Marz ha dictao,
Con su gran genio pionero,
Le arranca siempre al obrero,
El trabajo no pagao.


Rudecindo:

Frente al misterio marziano,
Una prigunta me naze,
Dele usté güen dezenlaze
Por zer cuestiones tan zerias:
Esas pequeñas baterias,
¿Tendrán conzienzia de claze?



Aparicio Tramontina: “Es la misma pregunta que me hago cada vez que lo veo, Rudecindo”.

Marte 1







Rudecindo: “¿Zabe, don Aparicio? Con esto del agua en Marte, ya la NASA debe 
estar pirginiando un emprendimiento económico de alta rentabilidá”.
Aparicio Tramontina: “¿Cuál emprendimiento?
Rudecindo: “Soderías Bradbury”

Aparicio: “Usté me confunde, Rudecindo. No zé si es un genio incomprendido o una anomalía de la pampa”.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Mariposas

Mariposas.

La muchacha tenía un aspecto angelical. Vestida con un impermeable gris, pisaba con sus relucientes botas la reseca gramilla pampeana.
Rudecindo la miró, embelesado. Un incipiente reguero de lascivia se asomó de sus labios: -"Mirelá, don Aparicio, le revolotean mariposas amarillas en el pelo. Pareze Jeidi".

La muchacha no paraba de sonreír: -"Qué simpáticos...¿son nativos de este paraje?"

Aparicio y Rudecindo se miraron con extrañeza: -"Somos el fruto genuino de la pampa libertaria que reziste a la burguezía terrateniente, a los pules de ziembra, al capital conzentrado y al gorgojo del ombú..."

-"Que amenaza dejarnos sin zombra"; completó el Rudecindo.
La muchacha volvió a sonreír: -"Qué simpáticos..."- dijo antes de explicar los motivos de la visita. -"Soy promotora de semillas modificadas de soja. Aquí tengo la última palabra en tecnología, la Roundup Ready. Tenga, las primeras se las regalamos..."

-"Me pareze que Jeidi nos está engatuzando, don Aparicio"; murmuró Rudecindo mientras se sacaba con delicadeza una mariposa amarilla del hombro.

Tramontina se calzó la guitarra:

Disculpemé que rechaze
su oferta con desencanto,
estoy curao de espanto
de quien yermo deja el suelo
y fumiga desde el cielo,
pa' enriquezer a Monsanto.

La muchacha se despidió con un sonrisa: -"Qué simpáticos"; dijo antes de subirse a la camioneta de vidrios oscuros.

-"Difizil que la rubia convenza a algún paisano, don Aparicio"; se jactó Rudecindo.

La lealtad era una de las cualidades más destacadas de Rudecindo; la clarividencia no tanto.

lunes, 4 de agosto de 2014

El hedor que cayó del cielo.

El hedor que cayó del cielo.




Merodeaba en círculos sobre el rancho de Tramontina. La silueta oscura apenas se distinguía de los nubarrones que anunciaban la tormenta. El payador pensó que era un carancho y le restó importancia al asunto. Pero la tremenda explosión lo despabiló. El disparo, seguido por una estela de humo, convirtió a la cina cina en una bola de fuego. Tramontina y el Rudecindo se escabulleron en los matas de paja brava. -“Mandinga acecha en el cielo, ¡caracho!”; comentó mientras se ponía a resguardo.

El Rudecindo dio la voz de alerta: -“Pior, don Aparicio. ¡E’ un dron!”.

-“Un don del Maligno querrá dezir…”

-“¡Un dron!”, aulló desesperado. “V.A.N.T., vehículo aéreo no tripulado. ¿Entiende ahora?”. Pero no pudo completar la explicación. Un oportuno empujón de Tramontina evitó que el segundo bombazo lo transformara en un puñado de ceniza telúrica.

El altavoz de la máquina voladora emitió la amenaza:

-“La Sociedad Rural ordena que abandonen la tierra. Desde hoy, este predio pertenece a Expo-Agro. Son usurpadores de propiedad privada”.



-“¡Acá no se rinde naides y, menos, ante una cacatúa de hojalata!”; desafió Tramontina”.

Con su guitarra rubricó el acto de guerra:



No me asusta el ultimátum

Que nos mandan estos drones

Yo conozco a sus patrones,

Angurrientos y fulleros,

De los piones son negreros,

De la tierra son ladrones.



-“¡Bravo! ¡Azí se habla don Aparicio!”; se entusiasmó el Rudecindo revoleando el chambergo por el aire.

-“¡Agachezé, marmota!”; le gritó Tramontina antes de que el tercer misil lo redujera a abono de la gramilla pampeana.



Tramontina asumió actitud de combate y ordenó a su peón: -“Vaya, compañero, traigamé la GAP 7/5”.

Rudecindo lo miró perplejo y mudo.

-“La Gomera de Alta Prezizión. Rápido, está colgada al lado del retrato de la Ulogia.

El diligente amigo volvió arrastrándose entre el pajonal. Traía el encargo colgado del cuello. Tramontina se enterneció al tocar la delicada horqueta de tala; era tersa como la piel de su amada ausente. Las cuerdas de goma estaban intactas, a pesar de los años transcurridos desde que se la obsequiaron en un arsenal clandestino del MIR chileno. Rudecindo lo sacó del trance melancólico alcanzándole la piedra. “¡Vamos! ¡Apunte que ahí viene ese murziélago dezalmao!”.

El hondazo describió una curva ascendente e impactó en un ala del bicharraco. El dron perdió altura emitiendo un ronroneo entrecortado. Los saltos de algarabía del Rudecindo espantaron a las vizcachas de los alrededores. -“¡Quedezé quieto, canejo, que entuavía güela!”; lo reprendió Tramontina. Luego, rodilla en tierra, lanzó el segundo hondazo. Esta vez abrió el vientre del artefacto. Una cascada de chisporroteos y pedazos de carcasa acompañaron su vuelo errático. Luego cayó en picada, como un pato barcino fulminado por la perdigonada.

Rudecindo dio el parte de guerra:

Con prezizión vietnamita,

Y una gomera mirista,

Zin radar que nos azista,

Pero con pulso indomable,

Tumbamos al indeseable,

Adefezio imperialista.

Corrieron hacia el lugar del siniestro guiándose por la humareda y por el hedor repugnante que emanaba del pajonal. Al acercarse, encontraron una pieza de fuselaje en la que estaba estampada la palabra Arkham. El resto de la nave despedazada estaba incrustada en un gran túmulo de bosta vacuna. El hallazgo hizo sonreír al Rudecindo. -“No ze ría, paisano. Es el retorno a los orígenes”; lo aleccionó Tramontina.

Emprendieron el regreso con la sensación aliviadora del deber cumplido. Sin embargo, apenas dieron los primeros pasos, los paralizó una voz metálica que provenía de la chatarra embostada. “Próxima misión: Gaza”; repetía antes de que la implacable bota del Rudecindo la hundiera en la inmundicia.

miércoles, 16 de julio de 2014

Festejos.

El tipo tenía un pañuelo con cuatro nudos en la cabeza y soplaba un cornetín estridente. “¡Deutschland, Deutschland!”; gritaba envuelto en la bandera alemana.

Poseído por la furia, Rudecindo lo encaró con el rebenque en la mano. Por suerte, Tramontina lo sofrenó a tiempo.
-“Voy a callar a eze pastenaca, don Aparicio”.
-“Dejeló fanfarronear. No ve que es Max Weber”.
-“¿y quién es eze crestiano?
-“El Marx de la burguesía”.
Rudecindo, cual sudestada de odio, estalló al oír esas palabras. Tramontina lo tuvo que derribar con mucho esfuerzo, antes de que resolviera el pleito a rebencazos.
-“¡No sea chambón! Nos va a querellar la Azociazión Internacional de Soziología. Escuchémoslo, a ver que dize”.

Como un desaforado, Weber empezó a cantar agitando la camiseta del Borussia Dortmund:

Desde la ciencia proclamo,
A mi Alemania triunfante,
Impuso un juego brillante,
Sobre la raza latina,
Ha vencido a la Argentina
Con ética protestante.


Rudecindo lo corrió con el facón envuelto en el poncho. Pero, ya era tarde.  Weber se había perdido en medio de la multitud. Mascullando resentimiento y con lágrimas de impotencia, alcanzó a gritarle: -“¡Aprenda de Bourdieu, teutón enzoberbezido!”. Tramontina lo consoló con dos palmadas en la espalda: “Dejeló que grite, Rudecindo. En nuestro fobal, Sabella y nozotros tenemos otra escuela: la Escuela de Frankfurt”.