jueves, 28 de febrero de 2013
Desagravio
-“¡Apurezé, Rudecindo! Tenemos que irnos”; ordenó Tramontina. Pero el peón estaba ensimismado haciendo cuentas en una libreta.
-“¿Qué está sumando, paisano”?
-“Estoy calculando la tasa de ganancia”; dijo mirando con cautela a su alrededor. “Me estoy dedicando al contrabando de cuise. En Areco, la pulpería de los Saguier está pagando 5 patacones la tonelada de cuero. Son unos miserables, pero tengo que superar la faze de la acumulazión primitiva”.
-“¡Usté es el primitivo! ¡Lo suyo es un dislate!”; se exasperó Tramontina. –“Pa’ esa paga mezquina, en cada entrega va a nezezitar no menos de diez mil roedores. ¡Eso equivale a la eztinzión del cavia aperea pamparum!"
-“No ezagere, don Tramontina, esos son cuentos…”-, lo desafió Rudecindo.
El payador estuvo a un tris de estrangularlo contra el ombú. El brusco amoratamiento del rostro del peón lo hizo reflexionar: -“¿No sea nezio, Rudecindo? La vida en la tierra padezió varias eztinziones mazivas, pa’ que usté le sume dezaprenzivamente otra. ¡Fueron verdaderas catástrofes de la naturaleza! Así me lo ezplicó eze inglés barbudo que bajó del Beagle”.
Aparicio:
Se eztinguió el megaterio,
Tremenda bestia insensata,
Sin protesta ni bravata,
se jué, triste, el gliptodonte,
Pero tiene un smilodonte,
El Museo de La Plata.
-“Disculpemé, no lo había pensado…”; balbuceó el peón, mas aliviado y frotándose el cuello.
-“Debe pensarlo, mi amigo. La eztinzión es cosa grave. Mire lo que les pasó a los búfalos de Arkansas”.
-“Perdonemé, don Aparicio, no sigo los partidos de la NBA”.
Con el agobio ensombreciéndole el rostro, Tramontina estimó inútil la empresa de la Ilustración: -“¡Ensille ese caballo y sígame!”; ordenó fastidiado.
-“¿A dónde vamos, don Aparicio?”; preguntó el peón.
-“A una quinta de Belgrano. Debo hablar con Hernández. Es una mizión de dezagravio”.
Durante la larga cabalgata, el Rudecindo quiso enmendar su inconsciencia:
-“¿No cree que la obra de Dargüin debe ser reconziderada, don Aparicio? Stephen Jay Gould dize que hay períodos en los que las espezies evoluzionan rápidamente, zeguidos por otros de estabilidad y equilibro". Y concluyó jactancioso: "Lógico, es la teoría de la evoluzión puntuada”.
Tramontina debió toser varias veces para expulsar el cigarro atragantado en el esófago. Lo logró al cabo de varios intentos que lo salvaron de la asfixia. Cuando comenzó a respirar normalmente, la quinta de Hernández ya se divisaba en el horizonte.
Rudecindo agitó el cencerro colgado en la tranquera. Luego de golpear las palmas, perdió la paciencia y comenzó a gritar: -“Salga Patrizio, queremos hablar con usté”.
-“¡No zea bruto, Rudecindo!; ¡Es José Hernández, el padre del Martín Fierro!”.
El notable poeta gauchesco se asomo en ropa de cama, blandiendo un trabuco:-“¡Fuera de aquí!; gritó.
El Rudecindo ganó confianza: “-Dejemeló a mí que lo imprezionaré con un sexteto de puro ezistezialismo pampeano”.
El Rudecindo (con guitarra prestada):
Aquí me pongo a cantar,
Al compás de mi guitarra,
Que al hombre que lo amarra,
Un gran flato reprimido,
Al salir con su rugido,
Hasta el alma le desgarra.
El primer disparo del trabuco le sacó astillas a la tranquera. El segundo, chispas al manillar. Los visitantes se echaron cuerpo a tierra.
-“¡No zea animal, Rudecindo! Su ordinariez nos va a costar la vida”.
El peón intentó justificarse: -“Quize inzpirame en Yanpol Sastre…”
-“¡Cállese! Lo suyo es pior que toda la obra de Mallea”.
Hernández se acercó a la tranquera sin dejar de apuntarles con el trabuco.
José Hernández:
Lo desprecio, Tramontina,
Infame y burdo plagiario,
Su rimar estrafalario,
Brota de un pacto infernal,
Envenena al ser nacional,
Con su insolente glosario.
-“Tengo derecho a hablar”; reclamó Tramontina agazapado entre el pajonal, un territorio que supo frecuentar desde su temprana adolescencia.
-“¡Hable ahora antes de que pierda la paciencia!”; lo emplazó el padre del criollismo.
Aparicio:
Vengo por un dezagravio,
Que le detallo al instante,
Tuvo un verso intolerante,
Que alienó al humanista,
Jué con el indio razista,
Y desprezió al inmigrante.
-“¡Bravo, Aparicio!”- gritó el Rudecindo, inconsciente del peligro. “¡Ahora ajuste cuentas con la segunda parte del libro, que es un bodrio riazionario!”.
Aparicio:
En eze libro, Maestro,
Aconsejó con esmero,
Obedienzia al jornalero,
Y al pión, doliente mestizo,
Recomendó ser sumizo,
Y forro del estanziero.
La impertinente licencia poética irritó a Hernández, que lanzó otros dos trabucazos al aire: –“¡Basta de profanar mi obra! ¡Fuera de aquí, vagos! ¡Es tiempo de trabajo, no de rebeldía!”
Tramontina y el peón escaparon bajo el zumbido de las balas. Alcanzaron los caballos y huyeron a todo galope. A lo lejos, la brisa matinal aplacaba la letanía hernandiana: -“¡La estancia es el progreso, malditos!”
Desmontaron a orillas del Samborombón para que bebieran los caballos.
-“Otra figura icónica-carismática con extremidades inferiores de cieno”; comentó el Rudecindo.
Tramontina lo corrigió mientras pitaba un chala:
-“La cosa no es personal. Son limitaciones históricas de una clase”.
viernes, 15 de febrero de 2013
Con Hobsbawm en el monte.

Los relinchos despertaron a Tramontina. Afuera, montado en un zaino, lo esperaba Hobsbawm, listo para la partida. Una mula atada a la montura trasportaba mantas, víveres y pertrechos varios. De una de las alforjas asomaba la culata de un Winchester.
-“¿Nos vamos de cazería, don Eri?”; preguntó Tramontina.
Sin desmontar, el visitante le expuso el plan:
-“Quiero que me acompañe. Necesito un baqueano para la expedición. Nadie como usted para estudiar a los “Rebeldes primitivos”.
-“Lo primero se lo azeto. Lo segundo huele a ofenza…” refunfuñó.
- “No lo tome a mal”, lo aplacó Hobsbawm. “Es solo el título de uno de mis libros”.
Tramontina aceptó la explicación y recibió al visitante con una copla de admiración:
Entre sus obras, Maestro,
Me gusta “Industria e imperio”,
Aunque con sano criterio,
Todos los gauchos creemos:
“La era de los extremos”,
Consagró su magisterio.
A mi memoria convoco,
A aquellos historiadores,
Que a los trabajadores,
Güenos relatos ofrezen,
Thompson, Hill, Hilton merezen
Las alabanzas mayores.
Hobsbawm interrumpió la copla por temor a que se tornara una monserga interminable:
-“Y… ¿me acompaña, Aparicio?”
-“No quiero deziluzionarlo, don Josban, pero ya anduvo Carri por aquí estudiando a los bandoleros rurales. Yo mismo lo conduje al monte”.
La chispa del desafío se encendió en los ojos del inglés.-”No estoy buscando a Isidro Velázquez”, dijo con tono cortante. -“Sigo las huellas de Patrick O’ King, un ingeniero irlandés que La Forestal contrató para organizar la tala y manufactura del quebracho. Dicen que se echó al monte con una decena de peones, asqueado por las balanzas tramposas y el maltrato a los hacheros”.
-“Usté se refiere a El Rubio”; acotó Tramontina.
Hobsbawm quedó perplejo por la revelación. El relato del payador devino un cofre de sorpresas:
-“Todavía anda furtivo por las selvas misioneras y correntinas. No le perdonan haber fundado las Ligas Agrarias. Los Navajas Artaza y los dueños de otros yerbatales puzieron prezio a su cabeza. La polezía brava no le da respiro . Por fortuna, encontró refugio en las chozas de los mensúes”.
El viaje hacia el norte profundo fue una pesadilla. El sofocante calor, las sanguijuelas y los mosquitos se ensañaron con Hobsbawm. Tramontina disimulaba el martirio con sus cavilaciones:
-“Va a ser difízil encontrarlo. Se esconde en la espezura y está en perpetuo movimiento. Sus hombres son fantasmas mimetizados en la tierra colorada. Les dizen la Milicia Terracota”.
Hobsbawm se puso lívido: -“Patrick O’King y su Milicia Terracota”; susurró durante el camino, como si hubiera descifrado un acertijo.
Tras una cabalgata de varios días, llegaron a un cañadón escondido. –“Aquí es”, dijo Tramontina sin mayores explicaciones. El cansancio inhibió la curiosidad de Hobsbawm, que se desplomó sobre un hato de mantas mientras Tramontina encendía el fogón. Antes de que los atrapara el sueño, un movimiento en los arbustos los puso en vela. Luego, sin que mediara advertencia, un hacha voladora se clavó en el tronco de un guatambú.
-“¡Soy Tramontina!”; gritó el payador a modo de salvoconducto.
Detrás de los hombres enrojecidos por la polvareda apareció O'King. Se lo veía cansado y casi andrajoso: -“Está muy lejos de Londres, Eric”; comentó con sorna.
-“Vine por usted, Patrick”.
-“Soy El Rubio”; lo corrigió.
Patrick O’King encendió un cigarro y cruzó amistosamente su brazo derecho sobre el hombro del historiador: “¿Acepta una crítica entre camaradas?”.
-“Por supuesto”, contestó Hobsbawm.
-“No estoy de acuerdo con su interpretación de las rebeliones pre políticas. No soy un rebelde primitivo. No idealizo el pasado ni lamento ninguna utopía perdida”. O’King concluyó su alegato con una leve sonrisa: -“¡Vamos, Eric, la lucha de clases no se extravía en la selva!”. Hobsbawm consintió en silencio.
Atravesaron sendas intrincadas y esteros malolientes. La penumbra de la selva parecía engendrar espectros. Como por arte de magia, grupos de indígenas emergían detrás de los grandes helechos y acompañaban la marcha. Tenían los rostros espolvoreados con arcillas rojizas. Sus desplazamientos eran silenciosos. Los pies de la Milicia Terracota parecían flotar sobre el suelo.
-“No tema, son amigos”; dijo O'King. -“Son los Sitrac-Sitram, el único pueblo originario que no se rindió ante el hombre blanco, español, portugués, criollo o lo que sea”.
Los Sitrac-Sitram:
A España resistimos,
Por expoliadora y racista,
Con fervor autonomista,
En nuestra lucha creemos,
Ni a los jesuitas queremos,
Somos la etnia clasista.
El Rubio aceptó el aguardiente de los nativos. Hobsbawm y Tramontina se unieron a la rueda de bebedores. Patrick O’King conocía el valor de la gratitud: -“Admiro a este pueblo indómito. Me han salvado la vida más de una vez”.
-“Lástima que los antropólogos no se interesaran en ellos”; señaló Hobsbawm.
-“Nunca los comprendieron. Cuando vino Lèvi-Strauss los consideró una comunidad ahistórica y refractaria al cambio social. La pedantería intelectual no tiene cura”.
-“El idealismo estructuralista hace estragos”, refrendó Hobsbawm.
-“Para colmo, le cayó mal el tereré y anduvo varios días agachándose entre los arbustos ¿Ve esos helechos gigantes? Tienen abono estructuralista”.
Los Sitrac-Sitram:
No comprendió nuestra vida,
La retrató con denuesto,
Pa’ explicar el contesto,
De nuestra gran rebeldía,
Siempre por causa aducía,
La prohibición del incesto.
A Levistró no queremos,
Sus conzetos rechazamos,
También los indios cambiamos,
Aunque nos tilden de escoria,
Nuestra vida tiene historia,
En Marvin Harris confiamos.
A la mañana siguiente, los preparativos en el campamento anunciaban eventos extraordinarios. En la choza principal, los hombres deliberaban sobre un mapa extendido en la mesa. -“Es la hora y todavía no ha llegado. Vayan a buscarlo”; estalló O`King”.
Unas horas más tarde, El Pelado llegaba escoltado por la Milicia Terracota. O’King lo saludó con desgano. Le caían mal la impuntualidad y las tendencias militaristas del visitante. Al ingresar rancho, desenrolló su propio mapa. Hobsbawm y Tramontina escucharon la discusión mateando junto a las brasas todavía humeantes. O’King dudaba del lugar escogido, pero finalmente aceptó el plan. En una semana se encontrarían en el sitio de la emboscada. Un parco apretón de manos selló la despedida.
Los interrogantes acosaron a Hobsbawm durante el regreso: -“¿Por qué tanta discusión por un mapa, Aparicio?”
-“Una emboscada no es cosa senzilla, don Josban. Somoza es una bestia taimada y precavida”.
-“Su infierno no será nada encantador”; musitó Hobsbawm mientras espantaba los mosquitos.
Aparicio Tramontina, un facón hecho canto.
sábado, 29 de diciembre de 2012
Le Grand Professeur (Espacio exclusivo para historiadores).
El chofer del profesor permaneció en el interior del Citroën negro leyendo una revista. Vio como su pasajero golpeaba la puerta del rancho desvencijado.
-“Monsieur Tramontiná, quiero hablar con usted”.
Aparicio salió restregándose los ojos. Había tenido una pésima noche con los mosquitos y las chinches.
-”Je suis François Furet, l’historien le plus célèbre de la France”, se presentó el forastero.
“No acostumbro a rezibir zelebridade”, lo cortó el payador. La soberbia, sea gringa o vernácula, lo volvía parco y fastidioso.
Antes de que cerrara la puerta del rancho, el visitante se deshizo en una plegaria artificiosa: “¡No se vaya por favog!. Necesito su testimonio, estoy realizando una investigación muy impogtante. Un tgabajo ecuánime, sereno y objetivo. Lo he titulado: ‘Jacobinos en la Pampa. Histoire d’une aberration’”.
Un borbotón de saliva ácida anegó la garganta de Tramontina. “Por esa fraze reconozco a un alma taimada”, dijo.
“¿Qu’est que c’est taimadá?”; se intrigó le Grand Professeur.
Tramontina tomó la guitarra y despachó una estrofa con resabios de Petit Larrousse Illustré:
Sucintamente le digo,
Sin prezizar dizionario,
‘Taimado’ en mi glosario,
A un cabrón perzonifica,
La palabra significa:
Canalla y riazionario.
El payador subió la apuesta, enhebrando un vigoroso repertorio agit-prop.
Con grito crioyo proclamo,
Mal que pese a su inquina,
Mi identidá jacobina,
Afán de igualdá expresa,
Pa’ su conziencia burguesa,
Será siempre una espina.
Inspirado, echó más leña al fuego. El ardor de sus pasiones, a veces, enturbiaba su percepción del pasado:
Las tres divisas empuño,
De la Gran Revolución,
Viva la emanzipazión,
De siervos y jornaleros,
Con sus líderes señeros:
Marat, Robespierre y Verón.
El último verso enfureció a Furet, que lo consideró sacrílego. Para combatir la afrenta desenfundó el laúd occitano que le había regalado su amigo, Le Roi Ladurie, en los festejos del bicentenario. Inyectados de ira girondina, los ojos de le Grand Professeur deformaban el rostro del payador. En él se superponían visajes diabólicos y espectros temidos. En un instante le parecía ver a Albert Soboul; en otro a Georges Lefebvre. Al borde de la paranoia, confundió el mate que cebaba el Rudecindo con un cóctel molotov. Se colocó a resguardo, detrás del ombú, y tarareó su sermón programático, aquel que le granjeó la amistad de los poderosos y la generosidad de las fundaciones norteamericanas:
La revolución francesa,
Tuvo un patrón moderado,
Burdamente trastocado,
Por rabiosos radicales,
Izquierdistas criminales,
Que siempre he condenado.
Envalentonado por la pulcritud de la rima, le Grand Professeur se arremangó la camisa para dirimir a las trompadas el pleito con Tramontina. Avanzó hacia el payador profiriendo alaridos: “¡Fou enragé! ¡Cochon de merde!” El Rudecindo, sin dejar de cebar el mate, le cruzó disimuladamente una pierna. Furet sintió en el rostro el frescor de la gramilla pampeana. -“La Revolución Francesa ha tegminado”, lloriqueaba desconsolado sobre el lecho de tréboles. Tramontina y el Rudecindo lo levantaron. Le emprolijaron la ropa y lo calmaron: “Tranquilo, Monsieur, no somos el Comité de Salvación Publica y este facón no es la guillotina. Tómese un mate antes de irse”. Furet sorbió el verde brebaje con desconfianza, pero se sobrepuso rápidamente. Saludó a Tramontina sin rencores. Con un leve gesto de hastío, el chofer dejó de leer Liberation y abrió la puerta trasera del Citroën. Le Grand Professeur estaba sosegado al emprender la partida.
-“¿Adónde va, profesor?”, le preguntó Tramontina mientras el vehículo se alejaba.
-“A la Sociedad Rural de Bavio. Tengo que dar una conferencia con Luis Alberto Romero”.
-“Apuesto a que se llama ‘La Republica en peligro’”, acotó Rudecindo mientras cambiaba la yerba del mate.
-“Rudecindo, volvamos p’al rancho que nos está esperando el paisano Sazbón para continuar la partida de chinchón.
domingo, 7 de octubre de 2012
Metálica sinfónica (Sordos ruidos oir se dejan)
El desafinado golpeteo metálico sorprendió a Tramontina. La bulla venía de lejos, pero parecía cada vez más cercana. Se entremezclaba con insultos y gritos desaforados. Era tal el alboroto de cacerolas y sartenes que desencadenó una imprevista estampida de la fauna pampeana. Justo a tiempo, Aparicio cerró la puerta del rancho y evitó la precipitada intromisión de cientos de cuises, liebres y chajás que huían del pajonal. Rudecindo, que tenía dones sobrenaturales para intuir el peligro, alertó a Tramontina antes de huir por la parte trasera del rancho:
- “Cuídese, Aparicio. Son los oligarcas y su desalmada pequeña burguesía”.
Antes de que terminara de procesar la advertencia del peón, la ruidosa multitud ya había rodeado el rancho. La matrona envuelta en estolas de zorro increpó a Tramontina sin que mediara excusa:
-“¡Queremos libertad! ¿O es que no lo entiende, gaucho vago y ordinario? ¡Qué espera para golpear algún artefacto! ¡Aunque sea la pava roñosa con la que ceba ese menjunje inmundo y verdoso!
Inconsciente de que estaba rodeado por rostros hostiles y enseres amenazantes, Aparicio sacó fuerza de su indómito temple:
-“No zoy comedido con los prepotentes ni con las vacas zagradas de la burguezía.
La gorda de las estolas entró en un remolino de cólera:
-“¡Me dijo vaca, el muy sinvergüenza! ¡Más respeto, gaucho menesteroso! Soy Dorotea Essen de Fierro, presidenta del Club Angus y numen de la Sociedad de Beneficencia de Ingeniero Maschwitz”.
La indignación de la matrona platinada le hacía golpear cada vez más fuerte el cucharón sobre la bandeja de plata. De la furia enhebró la copla destemplada:
Dorotea Essen:
La libertad nos sustraen,
Y dólares ahorrados,
Con gestos depravados,
Y medidas fiscalistas,
Nos atacan populistas,
Y soviets de desclasados.
Embriagada en la metálica ordalía, la multitud redobló el frenético batuque. Vaya a saber por qué misterio de los sentidos, Tramontina, al borde del aturdimiento, percibió bajo el tronar de las cacerolas el áureo tintineo de joyas, dijes y pulseras. Pero el embeleco se disipó cruelmente. Un sartenazo en la cabeza trajo al payador a un mundo de sufrimientos. “¡Estamos hartos de la agresión de los demagogos y comunistas!”, vociferó el tribuno de la sartén. Desparramado en el piso, Aparicio logró esquivar el escupitajo republicano de la Dorotea. - “¡Queremos el respeto a las minorías!”, vociferaba preparando otro argumento de espesa saliva.
Es sabido que las fieras acorraladas sacan energías de sus heridas y pesares. Más rabioso que puma chuceado en el lomo, el payador manoteó el facón de su cintura. Que al salir, salga cortando, pensó mientras se incorporaba. El primer faconazo esparció una espiral de gotas rojizas en el suelo. En la primera línea de la estocada, el demócrata de la sartén aulló con voz aflautada mientras tanteaba el estropajo sanguinolento que pendía de su entrepierna. La turba de plutócratas retrocedió al instante, como si se le hubiera aparecido Mandinga desollando a un toro.
-“¡Vengan de a uno, cagones sartenudos!”; insultó Tramontina, tajeando el aire espeso de la cobardía.
-“¡Queremos seguridad!”; repetía un ingeniero canoso mientras abollaba una paellera de cobre.
-“¡Llamen a los gendarmes!”; gritó uno que retrocedía golpeando un caquelón de fondue. “¡Libertad es propiedad!; voceó otro con pinta de rotario.
-“¡Eso, eso. Tradición, familia y propiedad!”; acotó un abogado de rostro cítrico y aliento de sacristía.
De repente, la escena pareció congelarse. Un extraño impasse se interpuso en la confrontación de clases. -“¿Será el tan mentado empate hegemónico?”, masculló en silencio Tramontina. Pero los gritos del Rudecindo lo distrajeron. Venían del fondo de la pampa, eran potentes y precisos como el pampero. El peón y la indiada llegaban al rescate.
-“Traje las tropas de Catriel pa’ defenderlo, don Aparicio. Con más prezizión, es la brigada Tierra y Libertad de Azul”.
Al caer las primeras lanzas, los plutócratas se desbandaron como perdices después de la primera perdigonada. El retroceso fue caótico. Para algunos, un verdadero suplicio. Los indios de Catriel se apiadaron del doctor Aguinis, que había quedado con los pies embotados en una bacinilla de latón y en un jarro de aluminio.
La fuga había dejado un mar de quincallería en el suelo de la pampa. Envuelto en una estola de zorro, Rudecindo recorría displicentemente el campo de batalla apilando la montaña de cacharros.
-“¿Y ahora qué hacemos con todo esto, don Aparicio?”, preguntó.
-“Fundirlo y enviarlo al Quinto Regimiento de Líster”.
-“Eso. No pasarán”.
Aparicio:
El reparto de riqueza,
Aviva odios racistas,
Celos individualistas,
Amontonan riazionarios,
En combos estrafalarios,
De tilingos y fascistas.
Aparicio Tramontina... Un Facón hecho canto
lunes, 30 de julio de 2012
¿El oro de Moscú?.
Los alaridos y la polvareda entraron por la ventana del rancho. Aparicio vio al carretón estrellarse contra el ombú. Milagrosamente ilesos, los hermanos Lysenko salieron del carromato destartalado e intentaron subir al árbol donde se había refugiado el ave.
-“¡Baja, Koba, por favor! ¡Vuelve a casa!”; suplicaban a dúo.
-“¡Basta de barullo, manga de alienaos! ¿Quiénes son ustedes?”; se ofuscó Tramontina.
- “¡Ayúdenos, don Aparicio, por favor! Hace varios kilómetros que venimos persiguiendo al loro. Se escapó del jaulón el día que Yeltsin privatizó el Circo Nacional de Moscú.
- "¡Un loro barranquero no mereze tanto escándalo! Además, en este pago esa criatura es plaga munizipal".
- ¡No es un simple loro, Aparicio! Es Koba, un héroe nacional, el único loro condecorado en la Unión Soviética. Canta La Internacional en siete idiomas, recita a Mayacovsky en georgiano. Fue mensajero aéreo en la batalla de Stalingrado y arengó, desde el hombro del general Zhúkov, a las tropas del Ejército Rojo en la contraofensiva sobre el Tercer Reich. Los nazis, más de una vez, quisieron matarlo con semillas de girasol envenenadas y papillas con agrotóxicos fabricadas por la Bayer…”
-“¡Basta de zonzeras! ¡Fuera de aquí o ensarto ya mismo al verde plumífero!”
Pero la sorpresa bajó de la copa del ombú:
- “Prr, prr… lo desafío a una payada / y no acepto retirada”; graznó el ave con tono provocador.
Anegado por la ira, Aparicio miró al pajarraco que saltaba de rama en rama. Sospechó una mirada burlona en sus ojos.
-“¡No guitarreo con taimados ni psitácidos!”; le advirtió.
-“Prr, prr… No se anima / Tramontina / Como un zonzo se enoja / el payador cuerda floja”: retrucó socarronamente Koba.
Con mucho esfuerzo, los hermanos Lysenko pudieron frenar a Tramontina cuando, con el facón en los dientes y el corazón en llamas, apoyaba la escalera en el árbol. Tuvieron la buena idea de alcanzarle la guitarra. El payador la recibió con un temporal de rabia en las tripas:
No me provoque, cotorro,
Cierre su pico, pelmazo,
Lo rodiaré con mi lazo,
Y afiziarè su cogote,
dispués le tiro un cascote,
O lo bajo de un hondazo.
El loro de Moscú (con tono apaciguador):
Asilo pido paisano,
Porque en mi tierra hace pista,
Con modales de conquista,
Ambiciosa y embustera,
Una mafia petrolera,
De estirpe capitalista.
Aparicio (reblandecido):
Pido perdón al cotorro,
Víctima desarraigada,
Siempre mi rancho es morada,
Por dezizión prinzipista,
P’al luchador socialista,
Sea loro o camarada.
Milagrosamente, tras un suave planeo, Koba se posó en el hombro de Tramontina. El payador le dio la bienvenida:
-“Esta es su casa, lorenzo. Conozco una lechuzita pampeana bien querendona pa’ usté”.
-“No puedo, paisano. El Komintern me necesita”.
Se fue volando hacia el norte, con el Pampero dándole brío a sus alas.
-“¡Baja, Koba, por favor! ¡Vuelve a casa!”; suplicaban a dúo.
-“¡Basta de barullo, manga de alienaos! ¿Quiénes son ustedes?”; se ofuscó Tramontina.
- “¡Ayúdenos, don Aparicio, por favor! Hace varios kilómetros que venimos persiguiendo al loro. Se escapó del jaulón el día que Yeltsin privatizó el Circo Nacional de Moscú.
- "¡Un loro barranquero no mereze tanto escándalo! Además, en este pago esa criatura es plaga munizipal".
- ¡No es un simple loro, Aparicio! Es Koba, un héroe nacional, el único loro condecorado en la Unión Soviética. Canta La Internacional en siete idiomas, recita a Mayacovsky en georgiano. Fue mensajero aéreo en la batalla de Stalingrado y arengó, desde el hombro del general Zhúkov, a las tropas del Ejército Rojo en la contraofensiva sobre el Tercer Reich. Los nazis, más de una vez, quisieron matarlo con semillas de girasol envenenadas y papillas con agrotóxicos fabricadas por la Bayer…”
-“¡Basta de zonzeras! ¡Fuera de aquí o ensarto ya mismo al verde plumífero!”
Pero la sorpresa bajó de la copa del ombú:
- “Prr, prr… lo desafío a una payada / y no acepto retirada”; graznó el ave con tono provocador.
Anegado por la ira, Aparicio miró al pajarraco que saltaba de rama en rama. Sospechó una mirada burlona en sus ojos.
-“¡No guitarreo con taimados ni psitácidos!”; le advirtió.
-“Prr, prr… No se anima / Tramontina / Como un zonzo se enoja / el payador cuerda floja”: retrucó socarronamente Koba.
Con mucho esfuerzo, los hermanos Lysenko pudieron frenar a Tramontina cuando, con el facón en los dientes y el corazón en llamas, apoyaba la escalera en el árbol. Tuvieron la buena idea de alcanzarle la guitarra. El payador la recibió con un temporal de rabia en las tripas:
No me provoque, cotorro,
Cierre su pico, pelmazo,
Lo rodiaré con mi lazo,
Y afiziarè su cogote,
dispués le tiro un cascote,
O lo bajo de un hondazo.
El loro de Moscú (con tono apaciguador):
Asilo pido paisano,
Porque en mi tierra hace pista,
Con modales de conquista,
Ambiciosa y embustera,
Una mafia petrolera,
De estirpe capitalista.
Aparicio (reblandecido):
Pido perdón al cotorro,
Víctima desarraigada,
Siempre mi rancho es morada,
Por dezizión prinzipista,
P’al luchador socialista,
Sea loro o camarada.
Milagrosamente, tras un suave planeo, Koba se posó en el hombro de Tramontina. El payador le dio la bienvenida:
-“Esta es su casa, lorenzo. Conozco una lechuzita pampeana bien querendona pa’ usté”.
-“No puedo, paisano. El Komintern me necesita”.
Se fue volando hacia el norte, con el Pampero dándole brío a sus alas.
jueves, 19 de julio de 2012
Muros
A la distancia, el hombre era apenas una mancha oscura sobre la planicie de Huanguelén. Tras un largo trote, Aparicio logró acercarse a aquel solitario cristiano. El rubio dejó la cuchara y el fratacho sobre una pila de ladrillos y salió a recibirlo.
- “¡Qué suerte que llega, Aparicio! Téngame la plomada”.
- “Nezezita un pión, Don Roger. A eze ritmo va a tardar una eternidá”.
- Estoy trabajando contra reloj. En unos días tengo el concierto y todavía no me han llegado ni las luces”.
- “En el rancho tengo una linterna, por si preziza…"
- “No, Aparicio. Es un show en gran escala: laser, columnas de sonido, marionetas gigantes.
- "¿Y para qué está levantando la paré?"
- "Debe derrumbarse en la última canción. ¿Quiere encargarse de derribarla, empujándola desde atrás?"
- "Ta’ bien. Además, ¿si usté quiere, don Roger?, puedo hacerle el solo de guitarra de “Confortablemente adormecido”.
- "Déjeme pensarlo”, dijo Waters mientras empezaba una nueva hilera de ladrillos.
La pared quedó terminada al atardecer. Aunque fatigados, sentían el alivio de la tarea concluida. Se sentaron a matear sobre unas bolsas de portland que habían sobrado. Con la brisa zumbando levemente sobre los girasoles, Aparicio desgranó unas coplas para la obra.
En este mundo hay muros,
Aunque los niegue el cinismo,
Cercas del liberalismo,
Hechas de inmunda materia,
Son muros de la miseria,
Hijos del capitalismo.
No denuncia el Imperio,
Ni el Occidente rechaza,
Que el apartheid tiene traza,
Con hormigón de cortina,
Sacrifica a Palestina,
En Cisjordania y en Gaza.
Tienen fronteras cerradas,
Los norteamericanos,
Repelen a mejicanos,
De intrusos los clasifican,
Sus cercas eletrifican,
Pero son voltios cristianos.
La noche llegó más cerrada que nunca. Las estrellas habían retraído su tímido fulgor. Con un leve codazo, Aparicio interrumpió el sueño del rubio:
-“Oiga, Don Roger, dendeveras no se ve.
– “¿Qué cosa?”.
- “El lado oscuro de la luna”.
Tramontina rescata la obra de Cósimo Rossobianco, poeta florentino del siglo XIII, cuñado no reconocido de Dante Alighieri.
Apología de un retorno.
Llegó cuando pocos lo esperaban.
Fue como el fulgor de un cometa. Nos iluminó un instante que pareció eterno. Desde ese día supimos que la magia no era otra cosa que voluntad indomable y generosa. Recobramos el entusiasmo que derrochan los pibes al remontar sus barriletes. Los prodigios nos sorprendieron en las esquinas menos pensadas. Muchos de los nuestros vieron al arco iris enredarse por encima de los estadios, crecer lirios en los basurales de la noche y a Lucy desparramando en el cielo diamantes rojos y blancos. En aquellos días, la felicidad era un indicio transmitido por el aroma de los tilos. Andábamos con el asombro a flor de piel y la sonrisa pródiga y confiada. No dudábamos de que David, ahora calvo e implacable, haría morder el polvo a una caterva de goliaths fofos y petulantes. Los más desaforados, incluso, porfiaban en el renacer de las utopías sepultadas.
Sé que la idealización del pasado es una de las trampas de la memoria y que la alegría suele ser madre de la hipérbole. Hecha la salvedad, quisiera confesar un sentimiento compartido, una vivencia que se rebela contra la herrumbre del olvido. Desde que volvió La Bruja, sentimos el mundo un poco más ingrávido y amable.
Cósimo Rossobianco (s. XIII), cuñado no reconocido de Dante Alighieri.
Llegó cuando pocos lo esperaban.
Fue como el fulgor de un cometa. Nos iluminó un instante que pareció eterno. Desde ese día supimos que la magia no era otra cosa que voluntad indomable y generosa. Recobramos el entusiasmo que derrochan los pibes al remontar sus barriletes. Los prodigios nos sorprendieron en las esquinas menos pensadas. Muchos de los nuestros vieron al arco iris enredarse por encima de los estadios, crecer lirios en los basurales de la noche y a Lucy desparramando en el cielo diamantes rojos y blancos. En aquellos días, la felicidad era un indicio transmitido por el aroma de los tilos. Andábamos con el asombro a flor de piel y la sonrisa pródiga y confiada. No dudábamos de que David, ahora calvo e implacable, haría morder el polvo a una caterva de goliaths fofos y petulantes. Los más desaforados, incluso, porfiaban en el renacer de las utopías sepultadas.
Sé que la idealización del pasado es una de las trampas de la memoria y que la alegría suele ser madre de la hipérbole. Hecha la salvedad, quisiera confesar un sentimiento compartido, una vivencia que se rebela contra la herrumbre del olvido. Desde que volvió La Bruja, sentimos el mundo un poco más ingrávido y amable.
Cósimo Rossobianco (s. XIII), cuñado no reconocido de Dante Alighieri.
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